¡No la veas!

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Desde que Beto vio morir a su hermana, no quería hablar con nadie. Había pasado cada día en terapia desde aquel trágico accidente en el cual la chica perdió la vida, cuando un conductor arremetió contra ellos en una zona de descanso, mientras posaba para que Beto le tomara una fotografía. Ella fue a parar hasta el fondo del despeñadero con el auto encima. El niño desde entonces había conservado escondido la cámara, y no se la quería prestar a nadie.

Un día, la otra hermana de Beto, encontró la cámara y la traía entre sus manos, no sabía cómo usarla, pero picar botones le parecía divertido. Cuando el chico se dio cuenta de lo que sostenía la niña entre sus manos y se le echó encima.

La madre también se alarmó, tratando de proteger a su hija, sujetaba al niño con fuerza… y él por fin habló, con un rostro inquietante, entre tristeza, miedo y agonía, le decía a su madre: -¡No la veas mami!, ¡no las veas!- pero entonces; fue la mujer quien quiso ver lo que ahí había.

No había una fotografía, era un video, en el cual los ojos de su hija parecían vacios, oscuros y profundos, sentía que le apretaban el corazón y casi se le partía, con la luz que estaba detrás, su cara se descomponía y un extraño ser salía a luz.

Aquello era lo último que el niño había visto, por eso no quería que nadie lo supiera. También lo vio aquel conductor que a propósito se la llevó hasta el fondo de la cañada, pues los últimos segundos del video mostraba que de aquella chica salían enormes tentáculos con los que estaba succionando la energía de los pequeños a su alrededor.

Autor: Cuentos Cortos.

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