No enciendas la luz

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Muchos temen que llegue la oscuridad de la noche y tener que lidiar con todo lo que se esconde en ella.

Pero Adán estaba sufriendo todo lo contrario; temía salir a la calle cuando estaba bien iluminado, se escondía en las estanterías más oscuras de la casa y por las noches cuando su madre intentaba encender una pequeña lámpara en la habitación para que no se quedara a oscuras, él gritaba y pataleaba con una terrible expresión de horror en el rostro.

Al paso de los días se notaba cada vez más nervioso, las vacaciones de verano habían empezado y él quería pasar la mayor parte del día durmiendo, por las noches se levantaba a comer, jugaba un poco, y cuando los demás se levantaban él ya estaba en su cama debajo de una gruesa cobija.

Su madre lo observaba aquella noche, solamente iluminada con la luz de la luna. Un bulto en medio de la habitación y era todo, dirigió su mano hacia el apagador, y el niño le dijo: -¡No enciendas la luz!- y siguió jugando, la señora dudó por un instante, pero decidida a acabar con aquella situación lo intentó de nuevo –¡Que no enciendas la luz!- dijo de nuevo el pequeño esta vez con una voz tan fuerte, que parecía de un adulto… la madre aun mas asustada encendió la luz de inmediato y el niño se ocultó bajo la gruesa manta que llevaba consigo… la señora se acercó para hablar con él y notó que algo salía por debajo de la cobija, una especie de manguera roja, que tomó entre sus manos, entonces el pequeño sale de su escondite y le dice –Mami, ¡suelta mi colita…!-
y la señora cae desmayada al ver el nuevo aspecto de su hijo, tiene ahora un par de pequeños cuernos, y pelo por todo su rojo cuerpo.

Autor: Cuentos Cortos

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