Justicia inmediata

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Hace un par de años, un viejo autobús circulaba rumbo a la terminal para marcar el final de su turno. Había una fuerte lluvia que permitía la visibilidad de forma intermitente. El chofer llevaba prisa, ya no traía pasaje y no quería recoger en el camino persona alguna que retrasara su salida.

A pesar de la poca visibilidad, pisaba el acelerador a fondo, sin prestarle atención a señales de alto o cualquier otra situación improvista. Con la prisa que llevaba, no vio a una chica que cruzaba la calle cuando el semáforo lo indicaba y pasó sobre ella sin detenerse, como si en realidad no hubiese pasado nada.

Por un momento entró en pánico y se detuvo, pero al ver que no había alrededor alguien que notara lo sucedido, pisó de nuevo el acelerador y siguió su camino. Después de un tramo, escuchó un sufrido y continuo llanto que venía de la parte de atrás. Recordaba claramente que no llevaba ya ningún pasajero.

Pero la curiosidad puede más, ajustó el espejo retrovisor, y justo detrás de él, cubierta de sangre y llorando tristemente se encontraba la chica que atropelló, sentada en el asiento trasero, suspirando directo en el cuello del chofer. El cual no pudo resistir el escalofrió, y con el temblar de sus brazos, junto al estado del camino, con la tremenda velocidad que llevaba, hicieron derrapar el autobús, que terminó partido en dos, y el chofer con la rama de un árbol clavada en su pecho, en un acto de justicia inmediata, manejada por quien sabe que fuerzas.

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