El hijo desobediente

Cuenta la historia, que en las afueras del municipio de Linares, Nuevo León. En una casa humilde vivió hace tiempo una pobre mujer, que se pasaba días y noches enteras, lavando ropa ajena para sacar el sustento. Mientras que su hijo le arrebataba estos cuantos pesos para emborracharse en la cantina. Cuando ella no tenía dinero, el ingrato joven la golpeaba y maltrataba hasta el punto de dejarla inconsciente.

Uno de tantos días, un Viernes Santo para ser precisos, la mujer le pidió a su hijo que en lugar de pasarse el día en la cantina, fuera a la iglesia a pedir perdón a Dios por todos los males que había cometido; pero este, ignorando los ruegos de su pobre madre, hizo lo que hacía siempre: la tomó de los cabellos y la sacó a rastras de la casa, llevándola hasta un terreno despoblado donde pensaba golpearla. Pero, antes de que comenzara con el castigo, repentinamente la tierra se abre y… ¡se lo traga!, a sabiendas de cómo era aquel muchacho, los vecinos que veían el espectáculo asombrados no le brindaron ayuda, y se quedaron perplejos junto a la madre, observando cómo el joven se hundía rápidamente, y la tierra se volvía a cerrar a su alrededor.

Se decía que el joven fue jalado hasta el infierno, a causa de su mal comportamiento.

Al paso del tiempo, cada vez que su madre visitaba aquel lugar, a manera de tumba forzada, la mano de su hijo salía a través de la tierra.

La pobre señora muy consternada se hizo acompañar de un sacerdote, y este le aconsejo que azotara la mano del muchacho, pues merecía un castigo por todo el mal que había hecho. Atendió la anciana al consejo y desde ese momento, su hijo jamás volvió a sacar la mano.

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